Se tambaleaba con cada paso. El tacón resonaba sobre los adoquines y Vivian apretaba los dientes mientras ponía todo su empeño en no resbalarse. La rabia que la carcomía por dentro cuando tropezaba y caía al suelo era mayor que el dolor. Le daban igual los cardenales. Tenía setenta años; qué más daba una o dos manchas más en el cuerpo.
Nunca había renunciado a los tacones bajos y nunca lo haría porque su cuerpo iba empequeñeciendo con la edad, volviéndola más menuda y más frágil. Se ponía falda todos los días porque de pequeña le habían enseñado que ser femenina resultaba más bonito que no serlo, y no había podido deshacerse del vicio de no cubrirse las piernas con otra cosa que no fuesen medias.
Recordaba su vestido blanco, el que se ponía cuando tenía dieciséis y el chico de los Robinson venía a rondarla al jardín. Tenía un vuelo precioso, aquel vestido, y le sentaba tan bien… Siempre se ponía los zapatitos a juego y nunca tropezaba con ellos, ¡vaya que no! ¡Quién la viera, cómo corría! Se deshacía a carcajadas con ese chico bajo los manzanos de White Park y jamás se cansaba de los tacones, aunque a veces se olvidara alguno aposta en la hierba para que el chico lo recogiera… Si había algo que le gustara más que llevar tacones, era correr descalza (y que alguien la encorriera para jugar, a ser posible).
Ya no tenía vestidos blancos ni al chico de los Robinson pero oye, el otro día se había comprado una falda púrpura preciosa ¡y unos tacones con broches de plata! ¡Menudo derroche! Pero bueno, una vez era una vez…
Mientras Vivian entraba en casa, ya a salvo de la lluvia y los condenados adoquines, pensaba en el vigor de su cuerpo joven, en lo esbelta y vivaracha que era y fue siempre, hasta que empezó a decaer, como si bajara muy despacito las escaleras de un pozo, adentrándose cada vez más en la fría oscuridad. Echaba de menos el calor de la compañía que no podría remplazar con ninguna de esas sopas que preparaba los miércoles. Echaba de menos mirarse al espejo y reconocerse, palparse todo el cuerpo joven y terso.
Echaba de menos poder correr en un paso de cebra cuando el semáforo parpadeaba y enrojecía, y comprendía que los conductores le pusieran mala cara al llegar acalorada y con quince segundos de retraso a su meta, colapsando la intersección. Echaba de menos reconocer los nombres de las calles y las paradas de metro y sabía que los jóvenes a los que paraba y pedía ayuda le respondían por educación pero estaban deseando largarse de allí. Caminaba despacio por las aceras y se enfadaban con ella y Vivian entendía, entendía todo, porque a ella también le gustaría volver a tener el vestido blanco y las piernas largas y fuertes para correr y saltar. Y se sentía encerrada dentro de un cuerpo que no era el suyo y gritaba de rabia contra su almohada por las noches porque se estaba rompiendo a mil pedazos y los críos del parque le ponían la zancadilla cuando decidía acallar su orgullo por un día y se atrevía a sacar el bastón para pasear en el parque.
Por eso aceptar el fin fue más sencillo que continuar librando la misma batalla eterna y rutinaria de siempre; y así consiguió librarse de toda esa ropa de luto que no quería y esas arrugas que habitaban en su cuerpo, y lo vendió todo por seguir corriendo con un vestido blanco.