Lo primero que sintió fue un dolor de cabeza superior a cualquiera que hubiera experimentado antes. Apretó los dientes y se removió en la cama —porque sin duda estaba en una, y de hecho olía a su vieja colonia en las sábanas de franela, así que se encontraba en su habitación— para descubrir otro tipo distinto de dolor, uno lacerante y físico en el costado, como si se hubiera restregado contra una lija.
Recordó el funeral y su estúpida caída y se preguntó cómo le habían temblado tanto las rodillas para desplomarse de esa manera en el suelo.
«Decididamente tengo que volver a hacer ejercicio», se dijo, y se entretuvo unos minutos intentando pensar en dónde había dejado su ropa deportiva.
Cuando empezó a encontrarse un poco mejor abrió los ojos y descubrió la habitación en penumbra, aunque se colaban rayos de luz bajo la persiana. Debía de ser mediodía. Intentó calcular las horas que había dormido y, justo al llegar a la conclusión de que hacía veintisiete meses que no estaba en una cama tanto tiempo, alguien llamó a la puerta.
Nudillos delicados y dos golpes; Momoka.
—Buenos días—la saludó.
Y cuando Haruka se volvió para mirarla fue incapaz de contener un grito, porque la dulce Momo avanzaba hacia ella con una bandeja llena de comida en las manos y con el cuerpo en llamas; llamas de un fuego del gris de la ceniza.
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