11.1.15

THE FUNERAL

En el tren hacía un calor sofocante y por eso cuando Haruka entró lo primero que hizo fue deshacerse del abrigo. Ni siquiera llegó a elegir un asiento y guardar cerca la maleta; cruzó las puertas abiertas del tren, se vio agobiada por la temperatura y empezó a desvestirse en mitad del pasillo, bloqueando a las personas que circulaban en busca de un asiento y también a las que intentaban subir detrás de ella.
«Oiga, quítese de en medio» le espetó una voz gruñona, y ella hizo caso omiso mientras plegaba el abrigo ceremoniosamente, se lo colocaba en el antebrazo y agarraba de nuevo el asa de su maleta azul Klein. Por fin se desplazó unos metros y el tráfico interno del vehículo se normalizó. Pronto había elegido un asiento junto a la ventana y había ocupado el contiguo con sus posesiones.

Aunque no estaba permitido fumar el tren olía a tabaco, y también a algo dulzón como bien podría ser la miel caliente. Supuso que emanaría de la cafetería, pero después recordó que estaba sentada en el primer vagón y la cafetería se situaba en el último. De todos modos no le dio importancia porque había soportado olores peores, especialmente en otros transportes públicos.
El tren se fue llenando poco a poco conforme se acercaba la hora de salida, pero los usuarios se distribuyeron de manera más o menos homogénea por todos los vagones y no llegaron a atestar ninguno, dejando bastantes asientos libres en cada uno de ellos. Haruka odiaba cuando el tren se llenaba tanto que tenía que buscar otro sitio para su maleta y cederle el asiento a una persona. Sobre todo porque a su lado siempre solían sentarse hombres que no le inspiraban la más mínima confianza. Todos, en algún momento del viaje (que eran cuatro largas horas) la miraban de arriba abajo, evaluándola, como si la escanearan en un aeropuerto en busca de metal, droga o bombas, y pasados unos segundos repetían en el gesto pero esta vez con mayor lentitud, fijándose bien para no perderse un detalle. Se la comían casi en el sentido literal de la palabra.
Y luego había algún imbécil que se atrevía a dirigirle una sonrisa como si sólo quisiera desearle un buen día. Después de acosarla con los ojos como un perro hambriento babea por un trozo de carne.
A veces incluso guardaba su maleta en el portaequipajes del vagón y se sentaba al lado de una mujer, simplemente por elegir a su compañero de asiento. Aunque hubiera sitios libres. Las mujeres nunca la trataban de ese modo.

Pero el tren no se llenó y nadie se sentó a su lado. La gran bestia de metal inició la marcha y Haruka se olvidó de esos pensamientos en cuanto transcurrieron los diez primeros minutos. Le relajó la visión de las montañas corriendo a toda velocidad a través de la ventana y, al cabo de un rato, consiguió dormirse. Al final las cuatro horas no resultaron tan tediosas.

La ciudad la recibió con lluvia fina y persistente como una nube de polvo, que imprimía al ambiente un velo grisáceo y difuso. Haruka contraatacó con el paraguas, pero a medio camino encontró a una señora mayor empapada que avanzaba lentamente por la calle y decidió cedérselo. La señora empuñó el mango con sus viejas manos cuajadas de arrugas, puso a salvo su pelo cano y le hizo un tranquilo gesto de gratitud con la cabeza antes de seguir su camino.

Por ello, cuando Haruka llegó a casa estaba tan empapada como la señora antes de recibir el paraguas. Momoka envolvió su frío y pálido cuerpo con los brazos y posteriormente con una toalla mientras las llevaba directa a la bañera. La llenó de agua caliente, ayudó a Haruka a desvestirse y salió del baño cuando hubo comprobado que se metía en el agua.

Haruka dejó que el calor la envolviera y, cuando recuperó su temperatura corporal, se envolvió en un albornoz y fue descalza hasta su vieja habitación. No le apetecía deshacer la maleta, aunque agradeció en silencio el esfuerzo de Momo por llevarla hasta allí. Abrió el armario y se vistió con la ropa que llevaba ahí desde sus años de instituto; unas medias negras, una falda lisa y una sudadera del equipo de atletismo. Había sido deportista y las secuelas definían aún los contornos de su cuerpo, pero hacía tiempo que no hacía ejercicio.

En la cocina estaba Momo, haciendo la cena. Olía a tiempos más felices y a verduras calientes. Parecía derrotada.

«No me acostumbro a estar aquí sin ella». Sólo fue un murmullo.
Haruka asintió con la cabeza.




Dos puñados de tierra más tarde a Haruka empezaron a temblarle las rodillas. Respiró profundamente unas cuantas veces e hizo acopio de valor para no caerse sobre el césped, aún húmedo del día anterior.
«Que descanse en paz», dijo alguien, y el ataúd bajó.

La mano fría de Momo le agarró del brazo, para sujetarla o para obtener un punto de apoyo, no lo sabía. Los hombres vestidos de oscuro, todos iguales como clones, echaron una palada tras otra al horrible agujero abierto en el suelo, como un pozo infinito que llevase directamente al infierno, y al cabo de un rato pareció llenarse lo suficiente.

Cuando todo terminó, las personas que no les habían dado el pésame al inicio de la ceremonia aprovecharon para ofrecerles unas palabras de consuelo. Las hermanas los aceptaron educadamente y al final todo el mundo se dispersó. Haruka aún sentía el cuerpo de Momo junto al suyo.

Entonces Kazumi se volvió hacia sus hermanas mayores. Era la más joven y también la más frágil. Por eso, a pesar de la sensación de irrealidad de aquel escenario lúgubre, rodeado de tumbas, con una lápida en la que ponía el nombre de su madre, a Haruka le golpeó la realidad súbitamente, como un martillo en el estómago, cuando vio una pequeña y solitaria lágrima descender por la mejilla izquierda de Kazumi.
De pronto fue tan consciente de la cercanía de la muerte que resonó un «click» en su cabeza, perdió el control de su propio cuerpo y notó cómo se difuminaba su consciencia mientras caía al suelo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¡Un comentario constructivo ayuda a mejorar y además me pone de buen humor! (:

imagen estática